
Para nadie es un secreto que el mundo y, ergo, Colombia están teniendo momentos de convulsión y agitación. Y no hablo solamente de los desastres naturales, sino también de los desastres económicos, políticos y sociales que generan una atmósfera cargada de sentimientos de impotencia e indignación por un bando y por el otro de ceguera total y de conformismo. Algunos de estos efectos son originados por lo que he denominado el “fantasma que recorre Colombia”, espectro cargado de injusticia, impunidad y autoritarismo.
Recordemos los últimos hechos (que algunos medios dependientes del régimen han querido tapar con su luto forzado y su lagrimeo sensacionalista frente al desastre de Haití, una cortina de humo natural fortuita para el Gobierno, no con esto digo que no sea terrible y lamentable): El vencimiento de términos para los “presuntos” implicados en los llamados falsos positivos, el “dictamen” del procurador frente al referendo, el informe del Relator Especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos y las libertades fundamentales de los indígenas en el país. Estos son algunos de los múltiples sucesos que acaecieron en las primeras semanas del 2010. Entonces ahora me hago una pregunta para la cual exista una respuesta simple: ¿Estos hechos no se suman al ambiente pesado que ya existe y genera un grado más de efervescencia, de convulsión a la mezcla explosiva que tiende a ser el futuro de Colombia?, y no estamos aún en periodo de elecciones (o de reelecciones si triunfa la maquinaria autoritaria del Estado). La respuesta es un sí categórico, estamos ad portas de entrar en “tiempos de efervescencia y calor” como lo diría el prócer, aunque no del mismo efecto que en ese entonces. No estoy vaticinando con esto una guerra independentista ni mucho menos, pero si queda una sensación escalofriante, como al paso del fantasma. Esta efervescencia es natural y tiende a menguarse de forma aparente por el accionar de campañas contingentes del régimen para apaciguar los ánimos.
Nada, ninguno de los resultados de los sucesos citados me es extraño o excepcional. Pareciera que todo estaba fríamente calculado para que fuera así. Es que es inaudito que la justicia se permita tales inconsistencias que generan un aura de duda. Es descalificable, y viciado el concepto del procurador. Son vergonzosos los actos contra los derechos humanos de los indígenas. Pero insisto, esto solo provoca tribulación y angustia en la gente del común con capacidad de crítica, que tiene que vivir en un país que a cada paso se hunde por conflictos interiores y bajo la amenaza de exteriores.
Estas son hasta ahora solo señales, indicios, alarmas silenciosas de lo que puede ser mas adelante la situación nacional. Queda en el aire la pregunta sobre lo que puede ser y lo que no será. El futuro es una mezcla inestable que puede estallar en cualquier momento. El fantasma sigue recorriendo a Colombia y a su paso genera intimidación y nerviosismo. Cualquier persona tiene que ser impasible (o quizás ciega, sorda y muda) para no ver las señales y concluir que algo contundente está por ocurrir. Lamentablemente, las cábalas no son muy optimistas.

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