jueves, 21 de enero de 2010

Verano eterno


El aire se siente pesado, como cuando se encuentra uno dentro de una habitación pobremente ventilada, y caliente, bastante caliente. No hay tregua ni a la sombra, puesto que las construcciones modernas promedio del lugar (zinc, ladrillo, cemento) solo acentúan el calor. Debo añadir que en el sitio donde me encuentro no hay ventilador, ni aire acondicionado. Es un pequeño infierno, (si este lugar presupuesto de verdad fuera como lo pintan) para el que no es calentano, para el que no “está acostumbrado al calor”. El termómetro puede marcar hasta 35 grados a la sombra, pero parece como si fueran 40.

El sol es canicular, abrasador, perfecto para un ambiente menos hostil. Y lo que más me sorprende es el color de la tierra en ciertos lugares, la cual es arcillosa y roja, colorada. Existe erosión por todos lados. En cuanto a la vegetación, que es escasa, no es extraño que se puedan encontrar diversas especies de cactus y de árboles espinosos propios de tierras desérticas. En algunos lugares no existen reservorios naturales de agua, hasta los laguitos que usan para el ganado, se notan ya secos. Hay lugares ásperos, pelados, poblados de piedra caliza que en otroras épocas el agua arrastró. Lejos se encuentra de un río o mar que refresque el ambiente. En síntesis, una tierra que arde por dentro y por fuera.

Este ambiente estival y seco, similar al descrito por Juan Rulfo en sus libros, es una llanura que parece estar constantemente en llamas. Fue ahí donde estuve veraneando, si la palabra queda más de molde, a finales del año pasado. No es el desierto de la Tatacoa, ni tampoco el de la Guajira. Este lugar de cuyo nombre no quiero referenciar se encuentra en medio del departamento de Cundinamarca, a unas cuantas horas de Bogotá. Pero lo paradójico es saber que este lugar está rodeado por todo su perímetro de otros lugares más frescos, más fértiles, más ricos en recursos naturales. Cada vez que viajo a este lugar encuentro que va ganando poco a poco terreno, como una mancha ocre que se extiende sobre una tela verde.

¿Resultado de malas prácticas agrícolas?, ¿culpa de “el niño”?, ¿consecuencia de un castigo divino?, ¿Un producto más del calentamiento global?, la respuesta podría afirmarse en cualquiera de los casos. Lugares como este que nada le envidian al Sahara, han padecido una sequía de más de 6 meses y se supone que debe llover por estos lugares a más tardar cada seis meses, según sus estoicos habitantes. Las quejas, suspiros, oraciones, blasfemias, reclamos y hasta maldiciones de la gente no se han hecho esperar. Esa misma gente impotente ante la ola veraniega que no cesa, recurre a las diferentes autoridades civiles, eclesiásticas y hasta divinas para buscar una respuesta, encontrando como siempre promesas y respuestas vacías.

Es entonces cuando recurren a rituales, de magia negra o blanca, rogativas y súplicas, misas por el agua, maniobras supersticiosas, cábalas y pronósticos de consuelo. La cultura y tradiciones dan para todo. En la actualidad es creciente el número de estas manifestaciones, de tradición ancestral, en las que se hace un sacrificio o acto de fe en espera de retribución por parte de un dios o ente sobrenatural.

Mientras esperan la tan anhelada lluvia, recurren a diferentes estrategias para obtener el preciado líquido para sus labores agrícolas, uso domestico y personal. Los que están dentro del casco urbano se apuran a recolectar agua proveniente de carrotanques, los de la zona rural, cavan hondo en la tierra seca en busca de aguas subterráneas. El agua siempre escasea y se hace necesario reciclarla y/o ahorrarla. Y el agua aun no cae del cielo…

Este es el drama no solo de esta gente, es el de muchos colombianos que desesperan ante la situación. Me pregunto si no se han sentido culpables como me he sentido en más de una vez de este desastre. El hombre hace parte de su ambiente y viceversa. Y aunque se haga parte a veces no se hace absolutamente nada, solo nos quedamos a esperar un milagro que no llega, una promesa que no se cumple, una respuesta que no se da. Cada vez el desastre es inminente, y “el helado” se sigue derritiendo, y la mancha se extiende.

El día de mi pomposo onomástico numero 25 sembré un árbol. Puede sonar cursi o cándido, pero espero seguir hacerlo cada año. Al menos mientras tenga fuerza de voluntad. Si tuviéramos este acto ambiental al menos una vez al año, tendríamos una esperanza plantada, y eso de por si ya es algo.

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