martes, 9 de febrero de 2010

El pintoresco de Agustín

A la memoria de Agustín

Se levantaba con los primeros cantos del gallo en la madrugada, e inmediatamente después encendía su primer cigarrillo. Para el era un ritual imprescindible, puesto que el humo canceroso recorría sus pulmones ya corroídos por la nicotina, y al expulsarlo, ahuyentaba los fantasmas que según el, rondaban los alrededores de su finca. La tos seca no se hacía esperar al tomar el primer tinto.

Vivía la mayoría del tiempo en forma pacífica en su pequeña parcela de tres hectáreas, donde criaba ganado y los animales típicos del campo. Se encontraba solo, puesto que su mujer lo había dejado al fallecer a causa de una apoplejía hace tiempo, y su único hijo se encontraba en otras tierras, allá en los amplios llanos. A pesar de su soledad, siempre tenía encuentros furtivos con las mujeres fáciles de turno del pueblo. Sus facciones eran fuertes, pronunciadas, propias de las personas ya entradas en años y en mundo, aunque a decir verdad, Agustín tan solo frisaba los cincuenta octubres y había permanecido la mayoría del tiempo en la tierra de sus viejos.

Contaba la gente que era un tipo algo tosco pero amable, de pocas palabras, sencillo, aficionado a las peleas de gallos, y en las cuales había sido un tahúr reconocido, hasta el día en que un gallo negro le mató “el faisán”, un gallo colorado a quien le tenía mucho afecto. “Agustín solo se saca el cigarrillo de la boca para comer y dormir”, decían los que le conocían, y era verdad puesto que era muy extraño verlo sin el pitillo encendido, ni siquiera lo apagó en el entierro de su mujer.

Cuando subía al pueblo, los fines de semana, casi siempre se encontraba con su cuadrilla de amigos en la taberna de Doña Pola, donde además iba a buscar a la ronca, una mujer cuarentona de figura gruesa, amplios senos y anchas caderas, la cual debía su nombre al tono de voz en que gemía o fingía gemir cuando tenia sexo con sus clientes. La ronca era la única que lo mimaba de entre todas las mujeres, tal vez por compasión desde que quedó viudo.

Muchas historias y leyendas urbanas rondaban la vida de Agustín. Algunos decían que era cuatrero, otros aseguraban haberlo visto en varias ocasiones hablar con un tipo vestido de negro en el cruce de caminos a la luz de la luna llena, días antes de la cuaresma. Afirmaban que practicaba algún tipo de superchería y que tenía cierta suerte sobrenatural con los naipes. Una historia de aquellas cuenta que una noche antes de su cumpleaños había jugado al pablillo hasta altas horas, y en todo el tiempo que estuvo siempre había ganado, ante la mirada atónita y enfadosa de sus amigotes . Esa noche algunos lo persiguieron para lincharlo y robarle lo que les había ganado a los jugadores pero por cosas extrañas el tipo se desapareció en el camino sin dejar rastro. Desde entonces era común que nadie lo dejara jugar al naipe en el pueblo o en la vereda. Agustín solo se encogía de hombros y fumaba su cigarrillo. Desde aquel suceso nunca más volvió a jugar naipes.

Tenía la manía de gastarle bromas de vez en cuando a Arnoldo, su amigo más cercano. Cuando lo iba a visitar a su vega para ir a comprarle plátanos, le escondía el machete o el sombrero, le robaba los cigarrillos, le amarraba los burros al otro lado de la acequia o le dejaba cocinando en la hornilla de leña una olla llena de agua y ceniza. Arnoldo se irritaba, pero luego se echaba a reír con el cuando se iban de juerga para el pueblo, puesto que Agustín, por ser pensionado del ejército, le llegaban ingresos extras que derrochaba en su compañía en la taberna.

La vida era en apariencia normal para Agustín hasta que una madrugada, al ir a hacer sus necesidades físicas, noto que al toser había escupido sangre. No le dio importancia al asunto y siguió haciendo todo como de costumbre. Unos días después le sobrevino un ataque respiratorio, que casi lo fulmina de súbito, a no ser que se encontraba en la taberna, donde sus amigos lo auxiliaron para llevarlo al hospital. Allí le diagnosticaron un caso avanzado de enfisema pulmonar. Lo internaron, dándole la atención posible con tratamientos paliativos, puesto que la vida de Agustín se degradaba más y más, a tal punto de requerir respiración artificial. No pudo aguantar en ese estado más de un mes. Daría su última bocanada artificial de aire en la madrugada de un sábado, víspera de Corpus.

Arnoldo y la ronca lo acompañaron en el último adiós. En su funeral asistieron sus amigos y enemigos, y su hijo quien pidió licencia laboral para irlo a enterrar. Cuentan que el ataúd se hizo más pesado a medida que llegaban al cementerio, a tal punto de que necesitaron solicitar ayuda extra y relevar varias veces a quienes lo cargaban.

Aquí reza en resumen la vida de Agustín, un hombre como muchos otros, que alcanzó lo humano y lo divino en su vivir. Que vivió como pudo y a veces como quiso. Allá en la taberna una mujer de vez en cuando se acuerda y derrama una lágrima seca. Mientras que en una platanera, un hombre espanta sus fantasmas con un trago de aguardiente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario